¿Se os ocurre una mejor manera de celebrar un cumpleaños? ¡Pues a mí tampoco! Este año me volvía a tocar a mí y qué mejor manera de celebrarlo que en una de las Sietes Maravillas Naturales del Mundo, las Cataratas de Iguazú.
El Parque Nacional Iguazú, compartido entre Argentina y Brasil, es hoy uno de los grandes tesoros naturales del planeta, reconocido tanto por su valor ecológico como por su enorme atractivo turístico. Su nombre proviene del idioma de los pueblos Mbyá-guaraní: Yguazú, que en español significa “agua grande”, una descripción que encaja a la perfección con la magnitud de sus cataratas.
Mucho antes de convertirse en un destino mundial, la región fue escenario de la llegada de las misiones jesuíticas, que fundaron más de treinta pueblos distribuidos entre el sur de Brasil, Paraguay y la actual provincia argentina de Misiones. Sin embargo, en 1768 la Corona española expulsó a los jesuitas, y la zona quedó prácticamente abandonada durante décadas.
Con el tiempo, estas tierras pasaron a manos privadas. Gregorio Lezama, empresario y político argentino, decidió venderlas al considerarlas de escaso valor económico. En la subasta se describían simplemente como “un bloque de selva lindante con varios saltos de agua”. En 1907, el comprador fue Domingo Ayarragaray, quien sí supo ver el potencial turístico del lugar. Fue él quien impulsó la construcción del primer hotel y abrió los primeros senderos para facilitar el acceso a los visitantes.
A partir de entonces, el crecimiento de Puerto Iguazú estuvo estrechamente ligado al desarrollo del turismo. El reconocimiento internacional no tardó en llegar: en 1984, la UNESCO declaró al Parque Nacional de Iguazú Patrimonio de la Humanidad. Más tarde, en 2011, la fundación New Seven Wonders lo incluyó entre las Nuevas Maravillas Naturales del Mundo. Y en 2013, la UNESCO volvió a destacar su importancia otorgándole la categoría de Valor Universal Excepcional, subrayando tanto su riqueza natural como su relevancia cultural.
Empezamos la visita en el lado brasileño de las cataratas. Pedimos un Uber, pero una vez en el hotel, no quiso llevarnos hasta las cataratas porque, según la conductora, estaba muy lejos. Así que cogimos un taxi, también en la puerta del hotel, y nos llevó por R$80.
Las cataratas de Iguazú, en su sector brasileño, fueron reconocidas como Parque Nacional en 1939. Junto con el lado argentino, el Parque Nacional Do Iguaçu conforma un conjunto natural impresionante, ofreciendo una perspectiva panorámica y muy completa de las cataratas. las entradas pueden comprarse en taquilla o en la web oficial y el precio es de 131 R$ por persona.
En el centro de visitantes se toma un autobús que recorre varios kilómetros a través del Parque. Lo mejor es bajarse en la penúltima parada, la del Hotel Belmonte, justo al inicio del sendero principal. Nada más bajar del autobús, las vistas son espectaculares y sobrecogedoras.
El recorrido principal del parque es un camino sencillo y bien señalizado que bordea el río y regala vistas constantes de las cataratas. El camino es apto para todo tipo de visitantes, no tiene grandes pendientes y cuenta con áreas de descanso, miradores y un pequeño local donde reponer energías.
El Sendero Principal (Trilha das Cataratas), tiene una longitud de 1,5 kilómetros (ida). A medida que avanzas, los saltos aparecen uno tras otro, formando un muro de agua que parece infinito. Es imposible no detenerse varias veces para contemplar el paisaje o capturar fotos que difícilmente necesitarán filtros.
La parte más emocionante llega al final del sendero, con un ascensor panorámico y una pasarela que se adentra en medio de la bruma. Allí, frente a la Garganta del Diablo, el estruendo del agua y la fuerza del viento te envuelven por completo. Es un momento que mezcla adrenalina y asombro, y donde mojarse es prácticamente parte del ritual.
Desde aquí se toma el autobús de regreso hasta la entrada. Hay también un bar y algunas tiendas de recuerdos. La visita completa nos llevó unas tres horas y fue, sin duda, el paisaje natural más espectacular que hemos contemplado hasta ahora.
A pocos pasos de la entrada a las Cataratas, cruzando al otro lado de la carretera, en el lado brasileño, se encuentra el Parque das Aves (entradas R$ 110 por persona), un santuario que sorprende incluso a quienes llegan con la mirada puesta en los saltos de agua. Este espacio, dedicado a la conservación de especies de la Mata Atlántica, ofrece una experiencia inmersiva donde el visitante se siente parte del bosque.
El parque está diseñado como un sendero que serpentea entre vegetación exuberante, lagunas y aviarios gigantes. A diferencia de un zoológico tradicional, aquí muchas aves vuelan libremente dentro de recintos amplios, lo que permite observarlas a pocos metros y en un entorno que reproduce su hábitat natural.
Tucanes, guacamayos, loros amazónicos y aves rapaces conviven en un ambiente cuidado y silencioso, donde el sonido del bosque acompaña cada paso.
El Parque das Aves también alberga mariposas, reptiles y especies rescatadas del tráfico ilegal. Gran parte de su labor se centra en la rehabilitación y reproducción de animales en peligro, convirtiéndolo en un proyecto de conservación de gran importancia para la región.
Los túneles de vegetación, los puentes de madera y los aviarios abiertos crean un ambiente ideal para quienes disfrutan de la naturaleza y la fotografía.
Muchos viajeros combinan el Parque das Aves con la visita a las cataratas en el mismo día, ya que ambos se encuentran uno frente al otro. Es una excelente manera de vivir dos perspectivas distintas de la selva: la fuerza del agua y la delicadeza de la vida que la rodea.
Tras finalizar estas visitas cogimos de nuevo un taxi y nos fuimos al Restaurante Bendito, en el centro de Foz de Iguazú. Especializado en carnes a la parrilla, es uno de los mejores restaurantes de la ciudad, donde celebramos mi cumpleaños por todo lo alto con una estupenda parrillada. Y de postre, ¿a quién no le apetece un brownie?
Después de la comida, fuismos a comprar algo para cenar. Justo al lado del restaurante había una frutería con frutas exóticas espectaculares, así que no nos lo pensamos. Regresamos al hotel en Uber, esta vez sí, y pasamos la tarde en la piscina y el jacuzzi del hotel, recordando el día tan increíble que habíamos pasado.