Por la mañana dejamos Salzburgo y nos dirigimos hacia las afueras de Viena para comer en el Parque del Palacio de Laxenburg. Desde la entrada principal se podía tomar un tren panorámico que recorría el parque hasta el Palacio de Laxenburg, situado en medio de un lago artificial. Comimos en uno de los bares del recinto y después visitamos el palacio. Para acceder a él hay que cruzar el lago en una plataforma impultada por poleas.
El Palacio de Laxenburg fue una de las lujosas residencias de verano de los Habsburgo. La familia lo adquirió en 1333 y, desde entonces, lo fue ampliando y embelleciendo según los estilos de cada época. La emperatriz María Teresa I le dio en 1745 la impronta rococó que aún conserva, aunque a finales del siglo XVIII sus jardines franceses se transformaron en jardines ingleses con lagos artificiales.
Tras la Segunda Guerra Mundial, los jardines quedaron gravemente dañados y solo años más tarde pudieron ser restaurados junto con el palacio. En la actualidad se podían recorrer el Castillo Antiguo, los bosques, la tumba de Francisco José I, el ayuntamiento histórico, el Lago Elizabeth o la pintoresca estación de tren. También destacaban el campo de Torneos con las estatuas de caballeros —símbolos de la masonería de la época—, la gruta, la columna de los caballeros con sus leones protectores, el puente gótico y el mirador verde donde María Teresa solía jugar a las cartas.
El palacio barroco, conocido como la “corte azul”, fue residencia habitual de Sissi. Allí nació el 21 de agosto de 1858 Rodolfo, heredero al trono y único hijo de la emperatriz. En esta célebre residencia de verano, los visitantes podían recorrer los “apartamentos de Elisabeth” o seguir las huellas de la emperatriz por el romántico parque de estilo inglés.
Después de comer y visitar el palacio, emprendimos el camino hacia Eslovaquia. Los últimos kilómetros en territorio austríaco los hicimos por la carretera nacional, bordeando el Danubio. En esta zona abundaban las fortalezas en ruinas, los castillos y los restos arqueológicos romanos de Carnutum, donde se conservaban dos anfiteatros y diversas excavaciones.
Antes de llegar al centro de Bratislava, justo al cruzar la frontera entre Austria y Eslovaquia, realizamos una breve parada en el castillo de Devín, declarado monumento cultural nacional. Se alzaba al pie de un acantilado, en la confluencia de los ríos Danubio y Morava.
Este enclave estratégico había estado habitado desde la Edad de Piedra tardía por numerosas culturas: celtas, romanos, godos, lombardos y muchas más. Los vestigios eslavos más antiguos databan del siglo VIII y se creía que en el siglo IX existió allí una fortaleza vinculada al príncipe Rastislav, en tiempos de la Gran Moravia. La primera mención escrita del castillo aparecía en 1223. Desde el siglo XV perteneció a varias familias aristocráticas, hasta que en 1809 fue destruido por el ejército de Napoleón. En el siglo XIX se convirtió en un símbolo del movimiento de Resurgimiento Nacional Eslovaco.
Hoy en día, los restos del bastión renacentista aún sobresalen sobre la roca. Una leyenda cuenta que una joven novia se arrojó desde allí el día de su boda, después de que su familia asesinara a su prometido, el caballero Mikulás, y la obligara a ingresar en un convento.
Muy cerca, siguiendo la ribera del río hacia Devínska Nová Ves, se conservaban vestigios del pasado reciente de Eslovaquia. A un lado de la carretera aún pueden verse el alambre de espino que formaba parte del “telón de acero” durante la Guerra Fría, así como los búnkeres defensivos de hormigón construidos en los años treinta. Bajo el castillo, ya en el lado de Moravia (República Checa), se encuentra un monumento dedicado a quienes perdieron la vida intentando huir a Austria durante ese periodo.
Tras este recorrido, llegamos a Bratislava, capital de Eslovaquia. Cena y alojamiento.