Durante todo el día exploramos Bratislava, una capital compacta, elegante y sorprendentemente tranquila, ideal para recorrer a pie. La mejor manera de descubrir sus monumentos es perderse por los callejones del casco viejo, donde aún resuenan las huellas de compositores, arzobispos y reyes que dieron forma a la antigua Presburgo, nombre con el que se conoció la ciudad durante siglos.
El centro histórico de Bratislava está repleto de palacios barrocos, museos nacionales e iglesias medievales. Eslovaquia, situada en un cruce estratégico entre imperios, fue durante siglos objeto de invasiones, lo que explica la abundancia de fortificaciones. La más imponente es el Castillo de Bratislava (Hrad), que domina la ciudad desde una colina sobre el Danubio.
El Castillo de Bratislava (Hrad) es una fortaleza medieval, una de las más extensas de Europa Central, y el símbolo indiscutible de la ciudad. Su silueta cuadrangular con cuatro torres recuerda a una mesa invertida, una imagen muy popular entre los locales.
Sus orígenes se remontan al siglo IX, cuando formaba parte de la Gran Moravia. En el siglo XVIII vivió su época dorada bajo el reinado de María Teresa de Habsburgo, quien lo utilizó como residencia ocasional. Su yerno, el duque Alberto de Sajonia-Teschen, instaló aquí una de las colecciones de arte más importantes de Europa, germen de la actual Galería Albertina de Viena.
Tras un devastador incendio en 1811, el castillo quedó en ruinas durante más de un siglo. Su reconstrucción moderna se completó entre 1953 y 1968. Desde 1993 alberga espacios representativos del Parlamento eslovaco y exposiciones del Museo Nacional.
Los alrededores del castillo ofrecen las mejores vistas panorámicas del Danubio y del casco antiguo. Se puede subir caminando desde el centro en 15–20 minutos o en autobús urbano. El horario suele ser de 10:00 a 18:00 (puede variar según temporada) y el precio de la entrada oscila entre 12–14 €.
Situada bajo la colina del castillo se encuentra la Catedral de San Martín. Esta iglesia gótica del siglo XIII es uno de los monumentos más importantes de Eslovaquia. Entre 1563 y 1830 fue la catedral de coronación de los reyes húngaros, acogiendo 19 ceremonias reales.
La réplica dorada de la corona de San Esteban en lo alto de la torre (85 m) recuerda su papel ceremonial. Su interior alberga capillas barrocas, vitrales neogóticos y la tumba del escultor baroco Georg Rafael Donner. El subsuelo conserva restos de sinagogas medievales y antiguas murallas.
La entrada es gratuita y suele abrir de 9:00 a 17:00. Por la tarde la luz entra de forma espectacular por los vitrales del presbiterio.
Cerca de la catedral encontramos la Iglesia y el convento de las Clarisas. En la primera mitad del S.XIII se hallaba en su lugar el convento de las Cistercianas quienes, después de la fundación de la ciudad, fueron sustituidas por las Clarisas. Alrededor del año 1400, en los muros periféricos fue construida una destacable torre de piedra que, gracias a su arquitectura segmentaria y una abundante decoración escultórica, es una de las cumbres de la arquitectura gótica de Bratislava. Actualmente sirve como sala de conciertos.
La ciudad vieja es totalmente peatonal. Recorriendo la Calle de San Miguel, llegamos a la puerta del mismo nombre. Esta puerta es la única puerta que se ha preservado de las fortificaciones medievales, y se encuentra entre los edificios más antiguos de la ciudad. Además es la única puerta que queda en pie de las cuatro antiguas puertas que flanqueaban la ciudad histórica de Bratislava.
Esta puerta formaba parte de la ruta de coronación de los reyes húngaros, hecho por el s u estado de conservación es excelente desde el siglo XIV. La parte alta de la Calle de San Miguel está rodeada de algunos edificios renacentistas con patios acogedores, que esconden pequeñas tiendas, galerías y tabernas.
En la torre de la Puerta de San Miguel se encuentra el Museo de Armas Históricas. Desde el balcón se abre el magnífico panorama de toda la ciudad antigua y del castillo.
El Ayuntamiento Antiguo se encuentra en la Plaza Principal, exactamente en el corazón del núcleo histórico de la ciudad, y gracias a su torre forma parte de los edificios dominantes de la ciudad. Desde ahí se dirigió durante 500 años la vida de la ciudad. Bajo el mando de alcalde se celebraban sesiones del consejo municipal, se reunía el juez en sesión, los consejos municipales recibían aquí las visitas importantes y, ocasionalmente, también a los monarcas.
El edificio del ayuntamiento es un conjunto poco corriente de construcciones hechas en varios estilos. Su parte más antigua fue anteriormente la casa privada del alcalde Jacob, con una torre de mediados del siglo XIV. La torre, en su base gótica, fue construida para defender a sus inquilinos, ya que en aquí entonces las murallas de la ciudad aún no eran tan grandes ni firmes. Ese tipo de pequeñas murallas de ciudad eran típicas de una ciudad medieval. En el siglo XV la ciudad compró la casa del alcalde Pawer que luego costosamente reconstruyó y amplió, de manera que representase una ciudad real libre. Los altos frontones, originalmente góticos, fueron retirados en el siglo XVI y substituidos por un largo techo homogéneo que se ha conservado hasta hoy.
En el mismo siglo recubrieron el patio con una arcada renacentista, levantaron la torre y compraron la vecina casa del ciudadano Ungerl, situada en la plaza. En 1733, y después de un incendio, fue levantada otra vez la torre que ya recibió el aspecto barroco que se ha conservado hasta hoy. En 1868 fue fundado el Museo Municipal para el cual se dejaron libres algunas salas históricas en la primera planta del ayuntamiento.
A principios del siglo XX fue comprado el Palacio Primacial adyacente y levantadas otras alas, conservando un estilo de construcción histórico, que dio un último toque a todo el complejo armónico, y concluyó su construcción.
Al recorrer el centro histórico, nos encontramos con varias estatuas de bronce que aportaban un toque de humor a la ciudad. Desde los años 90, Bratislava había instalado estas figuras para alejarse del gris pasado comunista.
La más popular era Čumil, el trabajador que asomaba por una alcantarilla con gesto pícaro. También vimos a Ignaz, el elegante personaje que saludaba levantando su sombrero, inspirado en un mendigo real de principios del siglo XX. En la plaza mayor nos sorprendió un soldado napoleónico apoyado en un banco, recordando las incursiones francesas en la ciudad. Y en la calle Laurinská, el famoso paparazzi acechaba detrás de una esquina, convertido paradójicamente en uno de los personajes más fotografiados.
En el centro también visitamos la Iglesia y el Monasterio de los Franciscanos, del siglo XIII, el templo más antiguo de la ciudad. Sus amplias salas habían acogido asambleas, elecciones de alcalde y reuniones provinciales, y en 1526 la aristocracia húngara eligió allí como rey a Fernando de Habsburgo. A su lado se encontraba la capilla gótica de San Juan Evangelista, inspirada en la Sainte-Chapelle de París y utilizada durante las coronaciones para investir a los caballeros de la espuela de oro.
También recorrimos el Palacio Primacial, un elegante edificio clasicista construido entre 1778 y 1781 para el arzobispo Josef Bathyány. Su enorme sombrero cardenalicio metálico coronaba la fachada, acompañado de estatuas de ángeles que sostenían las letras “I” de Iusticia y “C” de Clementia, lema del cardenal. En su interior visitamos el patio con la fuente de San Jorge y la Sala de los Espejos, donde en 1805 se firmó la Paz de Pressburg entre Francia y Austria. Allí mismo, cuarenta años después, el rey Fernando firmó la abolición de la esclavitud en el Imperio Húngaro. El palacio albergaba además una valiosa colección de tapices de más de quinientos años, descubiertos por casualidad durante una restauración. Frente al edificio, los arqueólogos habían hallado un antiguo pozo que fue reconstruido.
Fuera de la zona peatonal destaca la Iglesia Azul de Santa Isabel, un precioso ejemplo de art nouveau, y el Palacio Grassalkovich, construido en 1760 y convertido hoy en residencia del presidente de la República Eslovaca. En el siglo XVIII había sido un centro de intensa vida social, y allí había ofrecido conciertos el propio Joseph Haydn. Detrás del palacio se extiende uno de los parques públicos más bellos de Bratislava.
También se puede visitar el monumental Slavín, un imponente memorial de guerra que servía como lugar de descanso para casi siete mil soldados del Ejército Rojo caídos durante la liberación de Bratislava en la Segunda Guerra Mundial. Su obelisco de casi cuarenta metros, coronado por la estatua de un soldado soviético, era visible desde gran parte de la ciudad y ofrecía unas vistas magníficas.
Sin duda Bratislava merece ser visitada. Su tamaño manejable, su ambiente acogedor y su mezcla de historia, arquitectura y vida local la convierten en una parada que sorprende y conquista. Es una ciudad que no exige prisa, que invita a mirar con calma y que deja siempre la sensación de haber descubierto un pequeño tesoro en el corazón de Europa.