Nuestro segundo día en Río de Janeiro iba a estar lleno de emociones fuertes. Estábamos a punto de cumplir nuestro sueño de conocer las Siete Maravillas del Mundo Moderno, por lo que hoy, 30 de mayo de 2026, iba a ser un día que quedaría grabado en nuestra historia viajera por siempre jamás.
Visitar el Cristo Redentor es adentrarse en el corazón espiritual y visual de Río de Janeiro. Elevado a 710 metros sobre el nivel del mar, en la cima del Cerro Corcovado, este monumento de 38 metros de altura abre sus brazos sobre la ciudad como un gesto de bienvenida universal.
La forma más emblemática y pintoresca de llegar al Cristo Redentor es a bordo del Tren del Corcovado, un recorrido que transforma el ascenso en una experiencia inolvidable. Puedes adquirir las entradas anticipadas en la web oficial, el precio es de 134 R$ por persona (en 2026). El viaje comienza en la estación de Cosme Velho (tomamos un Uber para llegar), un elegante barrio residencial al pie del cerro.
Desde allí, el tren avanza lentamente por una vía que se adentra en la frondosa selva del Parque Nacional de Tijuca, considerada la mayor selva urbana reforestada del mundo. Durante los 20 minutos de ascenso, los viajeros disfrutan de vistas cambiantes: túneles verdes, claros entre la vegetación y, en algunos tramos, panorámicas que anticipan la grandeza del Cristo en la cima. El trayecto es suave, accesible y perfecto para quienes desean disfrutar del paisaje sin prisas (mejor montarse a la derecha en la subida y a la izquierda en la bajada).
El Tren del Corcovado es, además, una pieza viva de la historia de Río de Janeiro. Inaugurado en 1884, fue el primer ferrocarril eléctrico de Brasil y uno de los primeros de América Latina. En sus inicios funcionaba con locomotoras de vapor, pero en 1910 fue completamente electrificado, convirtiéndose en un símbolo de modernidad para la época. A lo largo de más de un siglo, ha transportado a millones de visitantes, desde viajeros anónimos hasta figuras históricas y celebridades. Sus vagones actuales, modernos y silenciosos, mantienen el espíritu original del recorrido, respetando el entorno natural y preservando la tradición de llegar al Cristo “por la ruta más clásica”.
Una vez en la cima, un ascensor y varias escaleras mecánicas conducen hasta la base del Cristo. Más allá de su imponente presencia, el Cristo Redentor guarda historias fascinantes. Su construcción, iniciada en 1926, reunió talento brasileño y europeo, y su recubrimiento de esteatita —una piedra resistente y suave al tacto— lo protege del desgaste del tiempo. Aun así, debido a su ubicación privilegiada, la estatua recibe impactos de rayos con frecuencia, lo que ha exigido restauraciones periódicas para mantenerla intacta y majestuosa. En su base se esconde una pequeña capilla dedicada a Nuestra Señora de Aparecida, donde se celebran ceremonias íntimas con una vista única del mundo. Esta capilla se encuentra cerrada y sólo se puede ver desde el exterior.
Estar allí arriba es realmente sobrecogedor. No sólo impresiona la envergadura del Cristo, mucho mayor de lo que uno imagina antes de verlo, sino también las vistas espectaculares de Río extendiéndose a sus pies. En nuestro caso, además, la visita tuvo un significado especial: allí cumplimos nuestro sueño de completar las Siete Maravillas del Mundo Moderno, un momento que convirtió la experiencia en algo aún más emocionante.
Con el listón así de alto, continuamos las visitas del día y, de nuevo con un Uber, nos dirigimos al Parque Lage. Os dejo la información de la visita, aunque no pudimos realizarla porque se encontraba en restauración y no se permitía la entrada.
Situado a los pies del Corcovado, este jardín histórico combina naturaleza tropical, arquitectura europea y un ambiente artístico que lo convierte en un espacio único dentro de la ciudad.
Su origen se remonta al siglo XIX, cuando pertenecía a la familia Lage, una de las más influyentes de la época. El empresario Henrique Lage y su esposa, la cantante lírica italiana Gabriella Besanzoni, transformaron la antigua hacienda en una residencia inspirada en los palacios renacentistas italianos. El resultado es la mansión que hoy preside el parque: un edificio de columnas, arcos y un patio central con piscina que se ha convertido en uno de los rincones más fotografiados de Río.
Hoy, la mansión alberga la Escuela de Artes Visuales (EAV), un centro cultural que mantiene vivo el espíritu creativo del lugar. Exposiciones, talleres y actividades artísticas conviven con el ambiente relajado del parque, donde tanto locales como viajeros pueden disfrutar de un café en el patio mientras contemplan el Cristo Redentor enmarcado entre las montañas.
Uno de los lugares más destacados son las grutas del Parque Lage, que forman un pequeño laberinto de pasadizos, cavidades y túneles artificiales que evocan antiguas cuevas naturales.
Como no pudimos realizar la visita, nos fuimos directamente al Jardín Botánico de Río de Janeiro , una oportunidad para adentrarnos en uno de los espacios verdes más emblemáticos de la ciudad. Es el más antiguo del país y uno de los 10 más importantes del mundo. Desde el momento en que crucemos la entrada, nos encontraremos rodeados de una vegetación exuberante que combina especies nativas y exóticas, muchas de ellas protegidas por su valor científico y ambiental.
Fundado en 1808 por D. João VI, destaca por su amplia variedad de bromelias, orquídeas, consideradas de las más valiosas del país; árboles centenarios, que muestran la evolución del jardín desde su creación; y especies exóticas introducidas desde el siglo XIX, que conviven con flora nativa. También se peude ver un estanque con unas enormes plantas acuáticas y una cascada.
El Jardín Botánico ofrece la posibilidad de realizar la visita en coches eléctricos, con paradas obligatorias en los lugares más interesantes. En cada lugar se dispone de 15 minutos para tomar fotos y pasear antes de tomar el siguiente coche eléctrico. Una forma cómoda de recorrer este inmenso espacio natural.
Para más información podéis consultar la web oficial. El precio de las entradas es de 80 R$ por persona más 39 R$ por persona del transporte circular.
Después de la visita tomamos otro Uber y nos fuimos directamente a comer a Garota de Ipanema, donde disfrutamos de una auténcia Picanha. Aunque el bar estaba lleno de turistas y muy pocos locales, la decoración y el ambiente lo hacen un lugar ideal donde comer o cenar a lo largo de tu viaje.
Después de la comida, nos trasladamos a Bacio di Latte, una cafetería cercana donde disfrutamos de unos cafés estupendos y unos helados realmente exquisitos. Fue una pausa perfecta: ese tipo de momento sencillo que, sin pretenderlo, se convierte en un momento inolvidable de viaje.
Para acabar la tarde, dimos un paseo tranquilo por Ipanema y recorrimos de nuevo el mercadillo de Copacabana, donde aprovechamos para hacer algunas compras y disfrutar del ambiente carioca. Después de tantas paradas gastronómicas a lo largo del día, decidimos no salir a cenar: ya habíamos comido tanto que no podíamos con un bocado más. Tocaba descansar, y prepararnos para todo lo que aún nos esperaba en el viaje.