La antigua ciudad roja es un laberinto de aromas, colores y sonidos que se revelan mejor cuando uno avanza sin prisas, dejándose guiar por el ritmo de sus calles. Desde minaretes que se elevan como puntos de referencia hasta plazas que laten con vida propia, cada rincón guarda una historia y cada trayecto ofrece una nueva perspectiva.
En esta guía hemos reunido varias rutas a pie pensadas para sentir Marrakech desde dentro. SOn rutas que realizamos en nuestras varias visitas a la ciudad, en 2014, 2015 y 2017. Recorridos que conectan lo monumental con lo cotidiano, lo sagrado con lo festivo, lo histórico con lo sensorial.
Prepárate para perderte entre zocos, jardines, mezquitas, palacios y plazas legendarias. Marrakech es una ciudad que se vive caminando, y estas rutas son la mejor manera de empezar ese viaje.
Esta ruta es ideal para un primer contacto con la ciudad, sobretodo si llegas a ella al atardecer. La serenidad espiritual de la Mezquita Kutubia se mezcla con el bullicio de la plaza Jamaa el Fna. En apenas un kilómetro la ciudad condensa siglos de historia, arquitectura islámica y vida cotidiana marroquí en un paseo que despierta todos los sentidos.
Comienza en la Kutubia, el faro espiritual de la ciudad, cuyo minarete de tonos ocres se eleva con elegancia sobre los jardines que la rodean. Aunque su interior está reservado para los fieles musulmanes, su exterior ofrece una lección viva de arte almohade: proporciones perfectas, ornamentación geométrica y ecos de las grandes mezquitas del Magreb y Al-Ándalus.
Desde allí, el camino serpentea por la place de Foucault, donde las calesas esperan a los viajeros y los locales se reúnen bajo la luz dorada del crepúsculo. A medida que te acercas a Jamaa el Fna, el ambiente cambia: el murmullo se convierte en música, el silencio en espectáculo.
En pleno corazón de la medina, esta plaza funciona como un punto de encuentro permanente, un espacio donde la vida cotidiana y la tradición marroquí se mezclan sin esfuerzo. No importa cuántas veces la visites: siempre parece estar reinventándose.
Durante el día, la plaza se muestra amplia y luminosa. Los puestos de zumos recién exprimidos, los vendedores ambulantes y los pequeños comercios marcan un ritmo tranquilo, casi introductorio. Pero a medida que avanza la tarde, el ambiente cambia. Los músicos tradicionales afinan sus instrumentos, los acróbatas buscan un hueco para sus piruetas y las tatuadoras de henna preparan sus tintas. El aire empieza a llenarse de sonidos, aromas y conversaciones en mil idiomas.
Cuando cae la noche, Jamaa el Fna se transforma por completo. Es una buena idea sentarse en una de sus terrazas elevadas y esperar la llegada de los puestos ambulantes. Es todo un espectáculo. Decenas de cocinas al aire libre aparecen como por arte de magia, iluminadas por lámparas y brasas. El olor a especias, parrillas y sopas tradicionales envuelve la plaza, mientras los comensales se sientan en largas mesas compartidas. Comer aquí no es solo alimentarse: es formar parte de un ritual colectivo que lleva siglos repitiéndose.
Más allá del espectáculo, la plaza es también un punto de referencia histórico. Desde aquí se divisa el minarete de la Kutubia, y desde aquí parten muchas de las arterias que conectan los zocos, los barrios artesanos y los rincones más antiguos de la ciudad. Es un lugar que orienta, que reúne y que cuenta historias sin necesidad de palabras.
Visitar Jamaa el Fna es aceptar que Marrakech no se observa desde fuera: se vive desde dentro. Y esta plaza, con su energía inagotable, es el mejor punto de partida para entenderlo.
Esta ruta te invita a sumergirte en el alma comercial y cultural de Marrakech, recorriendo los zocos más auténticos y visitando uno de sus monumentos más emblemáticos: la Madraza Ben Yusef. El paseo comienza en el Café de France, en plena Jamaa el Fna, y se adentra en el laberinto de callejuelas donde el comercio tradicional sigue vivo.
Los zocos de Marrakech son mucho más que mercados: son una red viva de callejuelas donde cada rincón está dedicado a un oficio, una materia prima o una tradición. Su diseño no es casual, sino fruto de siglos de organización gremial y vida comunitaria.
Souk Semmarine: el más transitado, ideal para textiles, babuchas y lámparas. Aquí el regateo es parte del ritual.
Souk Cherraatine: especializado en cuero. Bolsos, cinturones y chaquetas se exhiben en tiendas que huelen a piel recién trabajada.
Souk el Kebir: mezcla de productos tradicionales, desde especias hasta utensilios de cocina.
Souk Haddadine: el rincón de los herreros. El sonido del metal golpeado resuena entre herramientas y faroles artesanales.
Place Rahba Kedima: plaza de las especias y los talismanes. Aquí se venden filtros de amor, raíces secas, cardamomo, clavo y huevos de avestruz usados en medicina tradicional.
Souk el Hemma: perfumes, aceites esenciales y cosmética natural. Un festín para el olfato.
Cada zoco tiene su atmósfera, su ritmo y su lenguaje visual. Perderse en ellos es parte de la experiencia: cuanto más te dejes llevar, más descubrirás.
La ruta culmina en la Madraza Ben Yusef, uno de los monumentos más bellos y significativos de Marrakech. Fundada en el siglo XIV y reconstruida por los saadíes en el siglo XVI, fue durante siglos el mayor centro de estudios coránicos del norte de África. Más de 800 estudiantes vivían y estudiaban aquí, en pequeñas celdas que aún se conservan alrededor del patio central.
Lo que más impresiona al visitante es la armonía de su arquitectura: mármol blanco, madera de cedro tallada, estuco con caligrafía árabe y mosaicos zellige que dibujan patrones geométricos de una precisión asombrosa. El patio, con su estanque central, invita al silencio y la contemplación. La sala de oración, orientada hacia La Meca, está decorada con arcos de herradura y cúpulas esculpidas que reflejan la sofisticación del arte islámico. Una auténtica maravilla.
A pocos minutos de la madraza, hacia el este, se encuentran las curtidurías, un espacio donde el cuero se trabaja como hace mil años. El paisaje es impactante: grandes cubetas de piedra llenas de tintes naturales, trabajadores sumergidos hasta las rodillas y pieles extendidas al sol como banderas de colores.
El proceso es completamente artesanal:
Las pieles se ablandan con mezclas tradicionales de cal y productos naturales.
Se tiñen con pigmentos vegetales y minerales como índigo, henna o granada.
Se secan al aire, creando un paisaje vibrante y casi pictórico.
El olor es intenso, pero forma parte de la autenticidad del lugar. La visita suele hacerse desde terrazas elevadas, donde se puede observar el proceso sin interferir en el trabajo diario. Para entrar, algún guía local te acompañará hasta las terrazas. Al finalizar la visita hay que dar una propina.
Antes de regresar a Jamaa el Fna, puedes visitar la Kubba el Baroudiyin, vestigio de una antigua mezquita, y el Museo de Marrakech, ubicado en un palacio restaurado que alberga arte y objetos tradicionales.
Es una ruta ideal para realizar por la mañana, cuando los zocos están en plena actividad y los monumentos están abiertos. Medio día basta para vivir una experiencia intensa, entre aromas, texturas, historia y espiritualidad.
Esta ruta de medio día recorre el encantador barrio de Mouassine, una zona menos transitada que los zocos centrales, pero rica en historia, arquitectura y tiendas con personalidad. El recorrido comienza en Jamaa el Fna y finaliza en la Mezquita Kutubia, atravesando calles tranquilas, patios escondidos y espacios culturales que revelan el Marrakech más sofisticado.
Desde la plaza, el camino te lleva por Souikat Laksoour y Bab Ftouh, donde abundan tiendas de ropa, accesorios y decoración.
Arkebar Delights ofrece sedas uzbekas y tejidos de alta calidad.
Belki y Kif Kif Kulchi mezclan moda marroquí con diseño contemporáneo.
En la zona de El Ksour, entre la Mezquita Mouassine y Bab Laksoour, encontrarás tiendas de antigüedades, objetos bohemios y artículos de decoración con un toque artístico.
Es una zona más luminosa y menos agobiante que los zocos tradicionales, ideal para quienes buscan una experiencia de compra más relajada y personalizada.
Construida en 1562 por el sultán Abdallah El Ghalib, la Mezquita Mouassine es una de las más bellas de Marrakech. Aunque el acceso está restringido a los musulmanes, su fachada de piedra decorada con azulejos verdes puede admirarse desde el exterior. Frente a ella se encuentra la Fuente Mouassine, una obra hidráulica histórica que abastecía de agua a los vecinos y peregrinos.
Espacios culturales y artísticos:
Dar Cherifa: una casa restaurada del siglo XVI convertida en café cultural. Ofrece exposiciones, lecturas y conciertos en un patio lleno de encanto.
Musée de Mouassine: pequeño pero interesante, con exposiciones sobre la historia del barrio y la vida cotidiana en la medina.
Art Tinjad: galería de arte contemporáneo que conecta la tradición marroquí con expresiones modernas.
Cafés con terraza:
Bougainvillea Café: tranquilo y acogedor, con opciones vegetarianas y una terraza ideal para descansar.
Café Árabe: elegante y cosmopolita, con cocina marroquí e italiana, música chill out y vistas desde la azotea.
Si dispones de poco tiempo, puedes comenzar directamente en Place Ben Youssef, visitar el Zoco de los Tintoreros —donde aún se tiñen lanas y prendas a la vista del público— y terminar en la Mezquita Mouassine. Es una ruta perfecta para quienes buscan una mezcla de cultura, compras y tranquilidad.
La cuarta ruta propone un recorrido por la parte sur de la medina, una de nuestras zonas preferidas, donde el bullicio de los zocos da paso a espacios más amplios, patios silenciosos y vestigios del poder real. Aquí, los sultanes construyeron sus palacios, los visires sus mansiones, y las comunidades judías sus barrios protegidos. Es una ruta ideal para realizar por la mañana, ya que varios monumentos cierran al mediodía.
El paseo comienza en la Plaza Jemaa el Fna por la Rue des Banques y la Rue Riad Zitoun el Jdid. Se pueden admirar las fachadas del Museo Dar Si Saíd y la Maison Tiskiwin (cerrados temporalmente. Aunque no se pueden visitar, vale la pena pasar por sus exteriores para apreciar la arquitectura tradicional de los riads y palacetes del siglo XIX.
El Palacio El Bahia es uno de los lugares más fascinantes de la medina sur y, sin duda, el gran protagonista de esta ruta. Su nombre, que significa “la Brillante”, refleja perfectamente la intención con la que fue concebido: deslumbrar. Construido a finales del siglo XIX por el visir Bou Ahmed, el palacio fue ampliándose por fases a medida que aumentaba su poder, lo que explica su estructura laberíntica y la sensación de avanzar por pequeños mundos conectados entre sí. Cada patio, cada sala y cada jardín parece tener su propio carácter, como si el edificio hubiera ido creciendo de manera orgánica alrededor de la vida cortesana.
La arquitectura del Bahia no impresiona por su monumentalidad, sino por la delicadeza de sus detalles. Los techos de madera de cedro tallada, las puertas decoradas con motivos florales, los mosaicos zellige que cubren suelos y zócalos, y los estucos esculpidos con caligrafía árabe crean un conjunto que invita a caminar despacio, observando cómo la luz se filtra entre los arcos y resalta los colores. Los patios interiores, con sus fuentes, naranjos y sombra fresca, funcionan como pequeños oasis que equilibran la riqueza ornamental de los salones. Estos jardines no eran solo espacios decorativos: eran lugares de descanso, conversación y privacidad, especialmente para las mujeres del harén.
Desde aquí es fácil acceder a el mellah, el antiguo barrio judío de Marrakech. Fundado en el siglo XVI, cuando los sultanes decidieron ofrecer protección a la comunidad judía, este barrio se convirtió en un enclave estratégico tanto por su cercanía al palacio real como por su importancia comercial. Durante siglos fue un espacio vibrante, lleno de talleres, sinagogas, patios familiares y mercados especializados, donde la vida comunitaria se desarrollaba con un ritmo propio. Aunque hoy el barrio ha cambiado, aún conserva detalles que permiten imaginar su pasado: balcones de hierro forjado que sobresalen sobre las calles estrechas, fachadas con rastros de inscripciones hebreas y viviendas que revelan la mezcla de influencias marroquíes y judías.
Caminar por el mellah es adentrarse en un capítulo fundamental de la historia de Marrakech. La sinagoga, todavía en funcionamiento, mantiene una atmósfera de recogimiento que contrasta con el bullicio exterior, y su interior conserva mosaicos y elementos decorativos que recuerdan la presencia de una comunidad que dejó una huella profunda en la ciudad. El cementerio judío, uno de los más grandes de Marruecos, es un espacio silencioso donde las lápidas blancas se alinean en largas filas, muchas de ellas con inscripciones en hebreo y francés que narran vidas, viajes y generaciones enteras.
A pesar de los cambios urbanísticos y del paso del tiempo, el mellah sigue siendo un lugar cargado de memoria. En nuestra primera visita en 2014 estaba completamente en obras y no se podía acceder, tras la renovación, se ha convertido en un lugar imprescindible para perderse, eso sí, evitad hacer fotografías, no serán bien recibidas.
La sinagoga Laazama, situada en el corazón del antiguo mellah de Marrakech, es uno de los testimonios más vivos de la presencia judía en la ciudad desde el siglo XVI. Restaurada con esmero, combina la sobriedad de la arquitectura tradicional marroquí con detalles que evocan la vida comunitaria que albergó durante siglos. Su patio luminoso, las inscripciones hebreas y el pequeño museo anexo permiten asomarse a la historia de los judíos sefardíes que encontraron refugio en Marruecos tras la expulsión de la Península Ibérica, convirtiendo este espacio en un símbolo de memoria, convivencia y resiliencia cultural
La place des Ferblantiers está siituada a las puertas del mellah y muy cerca del Palacio El Badi, esta plaza ha sido tradicionalmente el territorio de los artesanos del metal, los ferblantiers, cuyos talleres llenaban el aire de golpes rítmicos y destellos de cobre y hierro. Aunque hoy la actividad artesanal ha disminuido, y las últimas reformas le han hecho perder parte de su encanto, la plaza conserva ese carácter laborioso y luminoso: lámparas caladas, faroles, bandejas decoradas y objetos de latón se exhiben en las tiendas que la rodean, creando un paisaje brillante que cambia con la luz del día.
La plaza es también un punto de encuentro natural para viajeros y locales. Sus terrazas elevadas ofrecen vistas privilegiadas del ir y venir cotidiano, y permiten observar cómo se mezclan los vendedores de artesanía, los vecinos que cruzan hacia el mellah y los visitantes que se dirigen a los palacios cercanos. A determinadas horas, especialmente al final de la tarde, la luz cálida convierte el metal de los talleres en un mosaico dorado que parece envolverlo todo. Es un lugar perfecto para hacer una pausa, tomar algo y dejar que la vida de la medina fluya alrededor.
Además de su ambiente, la place des Ferblantiers tiene un valor simbólico: marca la transición entre la zona palaciega y el antiguo barrio judío, entre el poder histórico y la vida comercial. Es un espacio abierto, accesible y lleno de energía, que resume bien la mezcla de tradición y modernidad que caracteriza a Marrakech. Pasear por ella es sentir cómo la ciudad respira, cómo se mueve y cómo conserva, incluso en sus rincones más cotidianos, una belleza que surge de la artesanía y del ritmo humano.
En una de las esquina de esta plaza se puede entrar en la Grande Bijouterie, una galería de orfebres repleta de joyas de oro que tradicionalmente se regalan en las bodas.
Finalmente regresamos de nuevo a la Plaza Jemaa el Fna por la Rue Zitoun el Kdim, una calle que combina comercio, vida local y un ritmo más calmado que el de los zocos del norte, lo que la convierte en un tramo perfecto para pasear sin prisa.
Esta ruta puede ser una continuación dela anterior. Desde la place des Ferblantiers visitaremos Palacio El Badi, construido por el sultán saadí Ahmed al-Mansur en el siglo XVI. Su nombre, que significa “el incomparable”, refleja la ambición con la que fue concebido: un palacio que debía impresionar a embajadores, cronistas y rivales. Financiado en parte con rescates de prisioneros portugueses y con el comercio del azúcar, El Badi fue decorado con los materiales más nobles de la época: mármol de Carrara, oro, ónice, madera de cedro y azulejos importados. Se necesitaron 25 años para completarlo, y sus pabellones, torres y jardines eran considerados una maravilla del mundo islámico.
Hoy solo quedan ruinas, pero el tamaño del recinto y la disposición de sus patios permiten imaginar su antigua grandeza. Los muros de adobe, erosionados pero aún imponentes, están coronados por nidos de cigüeñas que aportan una atmósfera serena y majestuosa. Caminar por sus pasarelas, descender a las antiguas mazmorras y contemplar el cielo abierto desde el patio central es una experiencia que mezcla historia y contemplación. En verano, el palacio cobra nueva vida con espectáculos nocturnos, conciertos y festivales folclóricos que aprovechan su acústica y su escala monumental.
Desde El Badi, la ruta continúa hacia las Tumbas Saadís, ocultas tras la Mezquita de la Kasbah y redescubiertas en el siglo XX gracias a fotografías aéreas tomadas por los franceses. El acceso se realiza por un estrecho pasaje, lo que refuerza la sensación de estar entrando en un lugar secreto. El conjunto funerario está distribuido alrededor de un jardín silencioso, y alberga las tumbas de 66 miembros de la dinastía saadí, además de criados y figuras cercanas a la corte.
El mausoleo central, conocido como la Sala de las Doce Columnas, es una obra maestra de la arquitectura funeraria islámica. En su centro se encuentra la tumba de Ahmed al-Mansur, flanqueada por las de su hijo y su nieto. El espacio está decorado con esbeltos pilares, bajorrelieves en estuco, azulejos coloridos y una cúpula de cedro tallada con estalactitas que parecen flotar sobre el aire. A la izquierda, una sala de oración alberga las tumbas de príncipes alauís del siglo XVIII, mientras que en otro pabellón se encuentran las tumbas de Mohamed ech Cheik, fundador de la dinastía, del sultán Abdulá al-Ghalib, y de Mesauda Lalla, madre de al-Mansur.
La ruta puede continuar por la Rue de la Kasbah, una vía animada que conecta con el Dar el Makhzen y el Palacio Real (no accesibles al público), y donde se encuentran varios riads con restaurante y spa.
Los Jardines de Majorelle son uno de los espacios más visitados de Marrakech y destacan por su diseño cuidado y su ambiente tranquilo. El jardín fue creado por el pintor Jacques Majorelle, que lo concibió como un lugar de trabajo y descanso, y más tarde fue restaurado por Yves Saint Laurent y Pierre Bergé. Su elemento más reconocible es el azul Majorelle, un color intenso que se utiliza en paredes, macetas y estructuras, y que se ha convertido en un símbolo del lugar.
El recorrido se organiza a través de senderos bien mantenidos que atraviesan una colección variada de plantas procedentes de diferentes regiones del mundo. Hay cactus de gran tamaño, bambúes, palmeras, buganvillas y estanques con nenúfares. La distribución está pensada para ofrecer sombra, frescor y una sensación de orden dentro de un entorno natural.
El jardín incluye también pequeños espacios de descanso, bancos y zonas donde se puede observar la vegetación con calma. La presencia del agua —en fuentes, estanques y canales— contribuye a crear un ambiente agradable, especialmente en los días más calurosos. Además, dentro del recinto se encuentra el Museo Bereber, que expone objetos tradicionales de distintas regiones de Marruecos, aunque su disponibilidad puede variar según la temporada.
Visitar los Jardines de Majorelle es una buena opción para quienes buscan un lugar tranquilo dentro de la ciudad, con una combinación equilibrada de diseño, botánica y color. Los jardines se encuentran en el barrio de Guéliz, fuera de la medina pero muy accesibles desde cualquier punto del centro. A pie desde la plaza Jemaa el Fna son unos 30–35 minutos caminando por avenidas amplias aunque la mejor opción es en taxi. Conviene acordar el precio antes de subir. Es recomendable ir a primera hora de la mañana para evitar colas y disfrutar del recorrido con más comodidad.
Marrakech no es solo medina, palacios y zocos. A pocos minutos del centro se encuentran dos de los espacios naturales más emblemáticos de la ciudad: el Palmeral y la Menara. Ambos ofrecen una visión distinta de la vida en Marrakech y permiten disfrutar de un respiro lejos del bullicio.
El Palmeral
El Palmeral de Marrakech se extiende al noreste de la ciudad y reúne miles de palmeras en un paisaje amplio y semidesértico. Aunque parte de la zona se ha urbanizado con hoteles y complejos residenciales, aún conserva áreas abiertas donde se aprecia su carácter original. Es un lugar ideal para actividades al aire libre: paseos en camello, rutas en quad, excursiones en bicicleta o recorridos fotográficos al atardecer. No es un espacio para recorrer a pie por su tamaño, pero sí para disfrutar de una experiencia diferente a la del centro histórico.
la opción más cómoda para llegar desde la medina es en taxi, se tarda unos 15–20 minutos. Conviene acordar el precio antes de subir
La Menara
La Menara, situada al oeste de Marrakech, es uno de los lugares más tranquilos de la ciudad. Su gran estanque rectangular, rodeado de olivares centenarios, crea una imagen icónica, especialmente cuando las montañas del Atlas se ven al fondo en los días despejados. El pabellón que domina el estanque, con su tejado verde, es uno de los símbolos de Marrakech. La Menara ha sido históricamente un espacio de entrenamiento militar y de descanso, pero hoy es un lugar popular para pasear, sentarse a la sombra o disfrutar del atardecer.
Se puede llegar a pie desde Guéliz o la avenida Mohammed V en unos 30-40 minutos o en taxi desde la medina en unos 10-15 minutos.
La Ruta de las Puertas es una travesía escénica que bordea los 16 kilómetros de murallas rojizas que protegen la medina de Marrakech desde hace siglos. Estas murallas, perforadas por una docena de puertas monumentales, ofrecen una visión única de la arquitectura defensiva y ceremonial de la ciudad. El recorrido más habitual comienza en la plaza de Foucauld y sigue el sentido de las agujas del reloj, permitiendo descubrir las entradas más emblemáticas como Bab Agnaou, Bab el Khemis o Bab Aghmat, cada una con su propia historia y función.
La forma más evocadora de realizar este circuito es en calesa, un carruaje tradicional que añade un toque romántico y pausado al paseo. Durante el trayecto, se atraviesan barrios como Hivernage, con su vegetación exuberante, y se bordean los muros del Palacio Real, cuya majestuosidad se insinúa tras puertas como Bab Ahmar y Bab Ksiba. Al caer la noche, la iluminación de las murallas transforma el recorrido en una experiencia mágica, ideal para cerrar el día antes de cenar o regresar al hotel.
Este paseo dura unas dos horas y cubre aproximadamente 16 km. Aunque el precio puede variar, se recomienda acordarlo con el cochero antes de partir. Más que un simple trayecto, es una inmersión en el alma de Marrakech, donde cada puerta es un umbral entre el presente y el pasado.
Nosotros siempre hemos alquilado un coche al menos para un día, para hacer excursiones desde marrakech, por lo que pudimos ver las diferentes puertas en nuestras salidas de la ciudad.